Holii lectores,
¿Qué tal estáis?
Escuchándole hablar me acordé de los vislumbres que hemos estado hablando en clase de Organización y Gestión: la escuela no solo enseña contenidos, también transmite una forma de entender la sociedad. Y la escuela que vivió mi abuelo reflejaba perfectamente la España de aquella época. Había mucha disciplina, religión y autoridad. Rezaban al entrar y salir de clase, cantaban el “Cara al Sol”, aprendían largos párrafos de memoria y el maestro era una figura casi incuestionable. Él mismo me decía que “lo que decía el maestro iba a misa”.
Muchas de las clases consistían en memorizar palabra por palabra una enciclopedia. El maestro dictaba y los alumnos copiaban. Las tablas de multiplicar se cantaban y preguntar demasiado no era habitual. De hecho, cuando le pregunté qué pasaba si alguien no entendía algo, me respondió: “normalmente se entendía todo, y si no… a poner la mano y la regla, porque la letra con sangre entra”. Y aun así, habla de su profesor con cariño. Me contó que era amigo de sus hijos y que tenían confianza con él, aunque también sentían miedo. Cuando le pregunté si sentían respeto o miedo, me dijo: “ambas”.
Mi abuelo recuerda perfectamente el día que el maestro le llevó de las orejas colgando y cómo a veces pegaban con la regla o daban patadas si alguien se portaba mal. Lo cuenta con naturalidad, no porque estuviera bien, sino porque era lo normal en aquella época. Y ahí fue cuando entendí otra cosa importante: las instituciones educativas también son hijas de su tiempo. La escuela franquista no buscaba formar alumnos críticos como entendemos hoy, sino personas obedientes, trabajadoras y respetuosas con la autoridad.
Aun así, entre toda esa dureza, también recuerda cosas muy bonitas. Habla muchísimo de la amistad que había entre los chicos, de los juegos, de las bromas y de una niña llamada Pilar que se metía mucho con él porque siempre estaba sentado en primera fila. Mi abuelo era muy bromista y muy bueno en matemáticas. Le gustaba muchíisimo aprender e ir a la escuela, iba contento siempre. Y es por esto que me dio tanta pena escuchar cuando me contó que tuvo que dejar el colegio con solo 12 años para ponerse a trabajar. Le preguntaron a su padre si quería que fuese al campo o a un taller y terminó trabajando en una fragua desde los 12 hasta los 18 años, en jornadas larguísimas de 12 horas. Aun así, seguía yendo a clase por las noches y consiguió sacarse el graduado escolar con muy buena nota. Un cura, Don Pablo, incluso le dijo a su padre que valía para estudiar, que tenía potencial y quiso llevarle al seminario, pero no pudo seguir estudiando porque en casa necesitaban ayuda para trabajar.
Además, le pedí que me comparara la educación que recibió él con la que se enseña hoy. Dice que hoy los profesores saben muchísimo más y que hay una libertad que antes no existía, porque estaban muy condicionados por la dictadura. Pero también cree que antes había más respeto hacia los docentes y hacia las personas mayores. Cuando le pregunté qué cambiaría de la educación que recibió me dijo que: “ni lo de antes ni lo de ahora, un punto intermedio”. Él cree que el equilibrio estaría en una escuela donde los profesores sean respetados, pero donde los alumnos puedan preguntar sin miedo. En sus palabras:“no hay que tener miedo, sino respeto, porque el respeto es educación”.
Creo que muchas veces olvidamos lo reciente que es que estudiar sea realmente un derecho. Para mi abuelo, seguir estudiando no dependía de sus capacidades ni de sus ganas, dependía de la situación económica de su familia. Y aun así, nunca habla desde el resentimiento. Siempre repite lo mismo: “recibí la educación que había”. Le hace muchísima ilusión cada vez que hablo con él sobre la universidad, lo bien que me lo paso, y siempre me dice lo orgulloso que está de mí. Sin embargo, la que está orgullosa y eternamente agradecida soy yo, porque él rechazó su sueño por trabajar y ayudar a su familia a seguir adelante.
Sin embargo, aunque mi abuelo creciese en una escuela tan dura, marcada por la autoridad, la religión y el miedo, él terminó convirtiéndose en una de las personas más sensibles, trabajadoras y generosas que conozco. Esto es lo más bonito que me llevo de la conversación: entender que detrás de la historia de la educación no solo hay leyes, metodologías o instituciones, sino personas reales como mi abuelo y probablemente como el tuyo.No podemos hablar de la historia de España si no escuchamos a quienes la vivieron.
Os aconsejo que llameis a vuestros abuelos y que os cuenten un poco más de su historia. Es algo súuper interesante y a ellos seguro que les hace ilusión hablar sobre su pasado con vosotros.
Os leo.
Besitos,
Aitana ♡

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