Holii, lectores
¿Qué tal estáis?
Yo, si os soy sincera, estoy un poco nostálgica. Supongo que tiene sentido, porque esta va a ser la última entrada del blog y las despedidas nunca se me han dado bien.
Siempre he sido una persona muy sensible con los cambios. Me cuesta cerrar etapas, decir adiós y aceptar que algo que ahora forma parte de tu rutina puede desaparecer de repente. De pequeña, mi prima y yo nos enfadábamos cada vez que tocaba despedirse después de pasar el día juntas porque ninguna sabía gestionar ese momento. Y, aunque suene exagerado, creo que sigo siendo un poco esa niña.Durante toda mi vida fui al mismo colegio, con los mismos compañeros y las mismas personas alrededor. Mi vida era muy estable, muy predecible. Hasta que terminé la ESO y me mudé a Boston. Y, sinceramente, creo que fue la primera vez que entendí de verdad lo que significa despedirse.
Me fui a un país donde no conocía absolutamente a nadie, hablando un idioma que no era el mío, dejando atrás a mis amigas, a mi familia, mi casa, mi rutina y la vida que había conocido siempre. Tuve que aprender a empezar desde cero. Hacer nuevos amigos, adaptarme a otro sistema educativo, a otra cultura y, de alguna manera, convertirme en otra versión de mí misma.Y lo peor fue que, cuando por fin sentí que tenía una vida allí, me tuve que despedir otra vez.De mis profesores, de mis amigos, de mi instituto, de las calles que ya sentía mías y de una versión de mí que había crecido muchísimo en esos años. Creo que una de las cosas más difíciles de vivir fuera es que acabas teniendo el corazón dividido entre dos sitios. Siempre echas algo de menos.
Cuando volví a España también me llevé un golpe de realidad bastante grande. Yo pensaba que todo seguiría igual, que simplemente volvería a encajar donde estaba antes. Pero la vida no se había quedado esperándome. Mis amigas habían cambiado, yo también había cambiado y algunas personas que pensaba que siempre formarían parte de mi vida ya no estaban. Lo mismo me pasó con amistades de Estados Unidos. Algunas se quedaron y otras simplemente se fueron apagando con el tiempo.
Y creo que ahí entendí algo que todavía me cuesta aceptar: nada es para siempre. Supongo que por eso también me afectan tanto ciertas despedidas aunque parezcan “pequeñas” o incluso tontas desde fuera. Mañana, por ejemplo, Griezmann jugará su último partido defendiendo el escudo del Atleti y me da muchísima pena. Y no es solo por el fútbol. Creo que, al final, hay personas, lugares o etapas que terminan formando parte de tu rutina, de tu identidad y de tus recuerdos sin que te des cuenta. Creces viéndolas ahí y asumes que siempre van a seguir formando parte de tu vida. Hasta que un día dejan de estar. Y, aunque sepas que es ley de vida, sigue doliendo igual.
Este año también empecé a salir con una persona a la que quería muchísimo y que desapareció de mi vida sin darme ninguna explicación. Y aunque obviamente me dolió la situación en sí, creo que lo que más me hizo pensar fue darme cuenta de la cantidad de personas increíbles que tenía alrededor y a las que, sin querer, estaba dando por sentadas. Personas que sí estaban. Personas que me cuidaban incluso cuando yo estaba demasiado centrada en otras cosas para darme cuenta.
A veces siento que no damos las gracias lo suficiente. Y no hablo de las gracias automáticas de cuando alguien te sujeta una puerta o te recoge algo del suelo. Hablo de agradecer de verdad a las personas que hacen que nuestra vida sea más bonita simplemente estando en ella. Porque creo que muchas veces vivimos pensando que siempre habrá más tiempo: más cenas, más conversaciones, más viajes, más oportunidades para decirle a alguien lo importante que es para nosotros. Y la realidad es que no siempre es así.Con el tiempo me he dado cuenta de que somos un mosaico de todas las personas que pasan por nuestra vida. De las que se quedaron mucho tiempo y de las que estuvieron solo unos meses. De quienes nos hicieron sentir en casa y también de quienes nos rompieron un poco. Todos dejan algo en nosotros.
Y aunque las despedidas me sigan pareciendo horribles, creo que también son la prueba de que algo nos importó de verdad.
Así que supongo que esta entrada es también una manera de agradecer. A mis amigas del cole, las del instituto y las de la uni, a las del camping y de Boston, a mi familia, a todas las personas que han estado presentes en etapas importantes de mi vida y también a quienes ya no están pero dejaron huella igualmente.
Y quizá crecer va un poco de eso: de aprender que las personas cambian, que las etapas terminan y que no podemos aferrarnos a todo para siempre. Pero también de entender que haber coincidido con ciertas personas ya merece la pena, aunque después haya que despedirse.
No sé muy bien cómo terminar esta entrada ni este blog, porque creo que ninguna despedida se siente realmente completa. Pero sí sé que, aunque me den muchísimo miedo los finales, me daría todavía más miedo no haber vivido nada que mereciera la pena echar de menos.
Y, haciendo mención a mi senior quote:
“How lucky I am to have something that makes saying goodbye so hard.”
— Winnie the Pooh




Comentarios
Publicar un comentario